sábado, 30 de mayo de 2009

Aquí Llueve

Encuentro un brillo distinto en el cristal de la ventana. Tras el azul verdoso del lino que ha impedido al sol abrazarme durante la tarde, distingo decenas de luciérnagas que, atraídas por el olor del bizcocho, esperan impacientes tras la ventana de un décimo piso. Espero un momento más, ese último sueño ha sido delicioso y aún consigo paladearlo con los párpados entreabiertos, ahora que la luz ya no molesta al verde de mi iris.
El horno está ya frío, me reprocho el haber reconfortado a mi alma durante demasido tiempo esta vez. El molde no quiere liberar la mezcla, ya cuajada, de la harina, los huevos, la leche y el azúcar, se le antoja demasiado dulce para dejarla ir sin más. Comprendo la necesidad del simple aro de metal y le ayudo a despojarse de lo que ha sido suyo durante tantos minutos. Un pequeño cuchillo, sin dientes para no arañar demasiado en la herida, hace las veces de bisturí que desune lo esponjoso de la levadura del inflexible habitáculo pastelero. Me convenzo de que no había un final mejor.
Un cilindro azucarado sobre un cuadrado de porcelana, las luciérnagas siguen expectantes en la ventana. Corto un trozo de bizcocho y lo desmigajo, lo depositaré sobre el alféizar para que esos bichos relucientes saboreen lo que han estado olfateando desde que la masa comenzó a absorber el calor y a despachar ese olor dulzón que tan profundos sueños me provoca.
Sin detenerme a observar, abro el cristal de la ventana y cubro el mármol con masa recién cocinada, corre aire fresco. Ya desde dentro me detengo a disfrutar de la insecto-cena improvisada y es cuando aprecio que esas luciérnagas con las que compartí mi pastel deben ser alérgicas a la yema de los huevos porque se han transformado, de inmediato, en gotas de lluvia que, adheridas al cristal, expanden, de forma acaramelada, la luz de la farola.
El bizcocho está sobre la mesa y, mordisqueando un pequeño trozo, sueño con lo que quiero ser.


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2 comentarios:

  1. Tú eres ese dulce de forma y sabor cambiante, que ayuda a transformarnos a los demás en gotas de lluvia o de rocío.
    Cambiarás de sabor, de olor y de condimentos, pero seguirás siendo un dulce toda tu vida.

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