Le regalaron un ordenador, a él y al resto de alumnos de quinto de primaria. Y salió sonriendo con doscientos euros bajo el brazo, él y los miles de niños escolarizados en España con 9 años. Y llegó a casa y lo enseñó a sus padres. La mujer dejó de remover el puchero y miró desorientada aquel aparato del infierno. El patriarca encendió el portátil y poco después lo dejó apagado sobre la mesa.
- ¡Marita!, ponme un buen plato de eso que cocinas, que hay que celebrar que ya sé cómo vamos a pagar el alquiler de este mes.
- ¡Marita!, ponme un buen plato de eso que cocinas, que hay que celebrar que ya sé cómo vamos a pagar el alquiler de este mes.
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