Tu mirada repara en la gente que, quieta en la estación, escucha el traqueteo del tren sabiendo que pasará de largo en su vida. Ellos conocen que este vagón, ocupado por quienes han tenido la valentía de subirse a él, no les llevará hasta donde desean, no es éste el viaje que ellos han elegido, no es el descanso que merecen.
Parpadeas, no entiendes que aquel hombre pegue con el bastón en el armazón de hierro intentando que el revisor tiene de la cuerda y le ayude a subir. No lo hará, no conseguirá escalar los peldaños que lo separan de nosotros y de nuestro futuro.
Parpadeas, no entiendes que aquel hombre pegue con el bastón en el armazón de hierro intentando que el revisor tiene de la cuerda y le ayude a subir. No lo hará, no conseguirá escalar los peldaños que lo separan de nosotros y de nuestro futuro.
Aquella mujer seguirá arreglándose la falda de su vestido mientras espera que el apuesto caballero reconozca en su proceder una señal de coqueteo, y el joven del libro continuará empapándose de conocimientos durante muchos más años, como la niña que revolotea entre sus padres, que será feliz por unos meses más, hasta que, ella sí, suba a este vagón y ocupe el asiento desde el que yo hoy, y sólo hoy, veo el futuro a través los cristales del adiós.
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¡Feliz viaje! y ¡Gloria a los viajeros!
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