lunes, 8 de junio de 2009

Caricias

El vello de mi vientre se eriza con el roce de tus dedos. Tus cuidadosas yemas dibujan círculos que se convierten en delicadas cosquillas que delinean una suave sonrisa bajo mi nariz. Son caricias tan dulcemente marcadas sobre mi piel que descifran un lenguaje sólo inteligible para mis poros que, chivando el mensaje a mi cerebro a través de los traviosos nervios, impulsan mis carcajadas al mundo. Y entonces ríes conmigo. Y muy despacio me besas y siento que me amas.


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martes, 2 de junio de 2009

Mi Lugar

No es mi lugar y lo sé. Lo he hablado cientos de veces conmigo misma.
Mis uñas no consienten un arañazo más en la misma pared. Mis rizos están hartos de alisarse cada vez que caen entre sus dedos. Mis brazos no pueden servir más de escudo. Mis párpados no quieren volver a contraerse asustados. Mis ojos no resistirían volcar más lágrimas al sofá. Mi garganta ya no puede gritar más fuerte. Mi corazón y mi alma no aguantarán otro ataque de dolor. Yo dejaré de ser con el próximo golpe.


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lunes, 1 de junio de 2009

Ella También Subirá

Tu mirada repara en la gente que, quieta en la estación, escucha el traqueteo del tren sabiendo que pasará de largo en su vida. Ellos conocen que este vagón, ocupado por quienes han tenido la valentía de subirse a él, no les llevará hasta donde desean, no es éste el viaje que ellos han elegido, no es el descanso que merecen.

Parpadeas, no entiendes que aquel hombre pegue con el bastón en el armazón de hierro intentando que el revisor tiene de la cuerda y le ayude a subir. No lo hará, no conseguirá escalar los peldaños que lo separan de nosotros y de nuestro futuro.

Aquella mujer seguirá arreglándose la falda de su vestido mientras espera que el apuesto caballero reconozca en su proceder una señal de coqueteo, y el joven del libro continuará empapándose de conocimientos durante muchos más años, como la niña que revolotea entre sus padres, que será feliz por unos meses más, hasta que, ella sí, suba a este vagón y ocupe el asiento desde el que yo hoy, y sólo hoy, veo el futuro a través los cristales del adiós.


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domingo, 31 de mayo de 2009

No Eres

Te siento en otro cielo, en un océano distinto al que yo veo.
Te comprendo feliz, sin deseos de volver a lo que ya fue.
Te creo sincero y te aparto de esa verdad.
Te admito las sonrisas que ya no contemplo y te dibujo sencillo, según el recuerdo.
Te suspiro, te anuncio, te aborrezco y te deseo.
Te considero cobarde, un príncipe con corazón de sapo, un alacrán envenenado, un anzuelo desgarrador.
Te añoro, no eres.


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Sin Miedo

La única manera de libraranos de nuestros miedos es enfrentándonos a ellos...

sábado, 30 de mayo de 2009

Aquí Llueve

Encuentro un brillo distinto en el cristal de la ventana. Tras el azul verdoso del lino que ha impedido al sol abrazarme durante la tarde, distingo decenas de luciérnagas que, atraídas por el olor del bizcocho, esperan impacientes tras la ventana de un décimo piso. Espero un momento más, ese último sueño ha sido delicioso y aún consigo paladearlo con los párpados entreabiertos, ahora que la luz ya no molesta al verde de mi iris.
El horno está ya frío, me reprocho el haber reconfortado a mi alma durante demasido tiempo esta vez. El molde no quiere liberar la mezcla, ya cuajada, de la harina, los huevos, la leche y el azúcar, se le antoja demasiado dulce para dejarla ir sin más. Comprendo la necesidad del simple aro de metal y le ayudo a despojarse de lo que ha sido suyo durante tantos minutos. Un pequeño cuchillo, sin dientes para no arañar demasiado en la herida, hace las veces de bisturí que desune lo esponjoso de la levadura del inflexible habitáculo pastelero. Me convenzo de que no había un final mejor.
Un cilindro azucarado sobre un cuadrado de porcelana, las luciérnagas siguen expectantes en la ventana. Corto un trozo de bizcocho y lo desmigajo, lo depositaré sobre el alféizar para que esos bichos relucientes saboreen lo que han estado olfateando desde que la masa comenzó a absorber el calor y a despachar ese olor dulzón que tan profundos sueños me provoca.
Sin detenerme a observar, abro el cristal de la ventana y cubro el mármol con masa recién cocinada, corre aire fresco. Ya desde dentro me detengo a disfrutar de la insecto-cena improvisada y es cuando aprecio que esas luciérnagas con las que compartí mi pastel deben ser alérgicas a la yema de los huevos porque se han transformado, de inmediato, en gotas de lluvia que, adheridas al cristal, expanden, de forma acaramelada, la luz de la farola.
El bizcocho está sobre la mesa y, mordisqueando un pequeño trozo, sueño con lo que quiero ser.


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